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miércoles, 12 de octubre de 2016

LAS MASAS

El manejo de las masas Escrito por Omar López Mato Médico y escritor Según José Ortega y Gasset, "la vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o que carece de importancia". Sobre esta premisa Ortega y Gasset construye la identidad del hombre-masa, el individuo que solo se preocupa por su bienestar y al mismo tiempo es insolidario con las causas de su bienestar, incapaz de otro esfuerzo que el estrictamente impuesto como reacción a una necesidad externa. Sus aspiraciones se reducen a vivir sin supeditarse a moral alguna. A lo largo de la historia los políticos se han esforzado en captar los favores del hombre-masa, porque en él basan su poder y la continuidad en el ejercicio de dicho poder. Desde la aparición de los medios masivos de comunicación, se ha estudiado la forma de cómo llegar y seducir al hombre-masa. Gustave Le Bon (1841-1931) y Wilfred Trotter (1872-1939) explicaron sus ideas sobre la psicología de las masas, aunque fue Edward Bernays (1891-1995) quien agregó una perspectiva psicoanalítica a este acercamiento, ya que Bernays era sobrino de Sigmund Freud. El aporte de Bernays y su experiencia como publicista, generó un axioma que fue útil a la propaganda política: la información genera conductas. Esta premisa fue tomada por Joseph Goebbels (1897-1945), quien como ministro del III Reich lideró la primera gran experiencia de propaganda política masiva. En 1919, Bernays fue invitado por Woodrow Wilson (1856-1924) a participar en la Conferencia de Paz de París donde asistió a instalar la idea de que la participación de Estados Unidos en la guerra había tenido como finalidad llevar la democracia a Europa para reemplazar a las decadentes monarquías. Bernays no era un demócrata convencido, temía que el "pueblo" eligiese al candidato equivocado y por tal razón creía que este necesitaba una guía, una especie de "despotismo iluminado" que guiase a las masas por los oscuros campos del libre albedrío. La influencia de Bernays sobre Goebbels y, por lo tanto, sobre la conducción propagandística del Partido Nacionalsocialista fue esencial ya que éste hizo especial hincapié en el manejo de la información, distribuyendo radios en forma masiva y gratuita para que el mensaje del Führer llegase a toda la población alemana. Goebbels estaba convencido del principio de Bernays y sabía que para que la información generase conductas debía manifestarse en forma clara, contundente y repetitiva a fin de que la entendiesen los estratos las capas menos formados de la estructura social. "Afirmación, repetición y contagio", era la máxima de Le Bon que Goebbels puso en práctica. El ministro de Reich también asoció la conexión emocional a un producto, en este caso Hitler y la idea de que la grandeza de Alemania. Solo siguiendo la conducción paternalista del Führer que intoxicaba a las masas de entusiasmo, a punto tal de imponer su "disciplina ciega", se podría lograr tal fin. El mensaje no solo llegó a los estratos más vulnerables de la sociedad, sino que tuvo una penetración profunda entre profesionales e intelectuales, cansados de la decadencia de una nación que había conocido tiempos mejores y estaban dispuestos a pagar un precio por esta rehabilitación… aunque jamás hubiesen pensado que podía ser tan caro. Miedo, indiferencia, falta de compromiso, resignación a no poder cambiar el statu quo (el famoso "no te metás"), confusión por el mensaje, sociedad sumida en el caos y la desesperación, la falta de responsabilidad en una estructura burocrática y la subordinación de las mayorías a un relato patriotero unificado ante una amenaza común, son algunas de las causas que tratan de explicar el sometimiento al nazismo y por extensión a todo régimen populista. Muchos de los jerarcas de regímenes totalitarios fueron personas con trastornos mentales no muy diferentes a los de miles de personas que nos cruzamos diariamente por la vida, que en circunstancias ordinarias pueden actuar "normalmente", pero empujadas por ideales discutibles en momentos extraordinarios, pueden hacer cosas espantosas amparados por un tribalismo primitivo. Demonizar a los jerarcas es una forma de comprar tranquilidad, de engañarnos a nosotros mismos y pensar que estos males nunca más se producirán por su excepcionalidad. Es un error, porque las fuerzas irracionales ocultas en nuestra mente pueden liberarse por justificativos superfluos pero efectivos. La permisividad de sentirse mayoría desata pulsiones primitivas y violentas de funestas consecuencias. El patrioterismo es tan fuerte hoy como hace un siglo o un milenio. El espíritu tribal no nos abandona porque necesitamos un grupo de pertenencia. Seguimos siendo hombres de Cromañón manejando computadoras y en vez de arrojar piedras lanzamos cohetes con ojivas nucleares, cosa que nos hace más peligrosos. Dejar decisiones políticas en manos de una sola persona o un grupo cerrado potencia las apariciones de reacciones primitivas. La burocracia se defiende como un ser vivo, creando tentáculos que todo lo distorsionan a fin de perpetuarse, diluyendo las responsabilidades individuales. La burocracia es el refugio final de los mediocres que buscan seguridad en sus reglas. La ética se debate en sus laberintos y el fundamentalismo nos hace perder el sentido crítico de la realidad. De allí el peligro de los mensajes mesiánicos. El acumulo de conocimientos técnicos o bienes materiales no nos hace mejores personas ni nos otorga autoridad moral. La historia de la humanidad nos enseñó que solo la repetición de los errores parece conducir a cierto aprendizaje. Y tampoco de eso podemos estar seguros porque la desmemoria o el olvido, las indulgencias y los fanatismos alteran el mensaje y nos hacen caer en dolorosos errores en los que reincidimos con estúpida perseverancia. ¿Aprenderemos algún día?

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